El hotel Pez Espada de Torremolinos fue uno de los edificios por los que se escapaba la España gris del franquismo. Málaga y Costa del Sol querían alejarse de la asfixia de una sociedad que apenas superaba la posguerra y se asomaba a un incipiente turismo que prometía ser una isla de libertad, color y frivolidad, que atraía extranjeros pero también a los sufridores españoles que se lo podían permitir. El franquismo permitió un reducto de glamour, como vía de escape y como imán de divisas. Y todo con su arquitectura correspondiente, a la que años más tarde se le llamaría el ‘estilo del relax’.

Corrían los años 50 cuando se diseñó el hotel Pez Espada por parte de los arquitectos Manuel Muñoz Monasterio y Juan Jáuregui Briales, el primero de ellos también responsable de otro de los edificios que dan una idea de cuáles eran las prioridades en a España de la época, el estadio Santiago Bernabéu.

En mayo del 59 el Pez Espada se inauguró y a partir de ahí su trayectoria se explica a través de los nombres que ocuparon sus habitaciones y, sobre todo, que apoyaron sus codos sobre las barras del hotel para saborear sus cócteles. La vetusta aristocracia europea se mezcló con Hollywood y dejó el aroma de una ‘dolce vita’ costasoleña que navegaba entre el glamour y el kitsch que hace tiempo que ya no existe.

Por allí pasaron, entre otros, el rey Faisal, la emperatriz Soraya de Persia, Humberto II de Italia o los príncipes Rainiero y Gracia de Mónaco. También se dieron cita nombres del cine y el espectáculo como Ingrid Bergman, Orson Welles, Kim Novak, Marlo Brando o Brigitte Bardot. Aunque para inolvidables, los tormentosos Ava Gardner y Frank Sinatra, protagonista este último de la famosa pelea que dio con sus huesos en la comisaría de Málaga y que le hizo exclamar que nunca volvería a este ‘fucking country’.

Pero lo que sí se mantiene intacta es la estructura del hotel Pez Espada y su característica torre semicilíndrica que alberga las escaleras principales y que parece ser el mástil sobre el que se asienta el edificio. La torre, cuya iluminación cambia dando con cada color un nuevo sentido al jardín y a todo el barrio en el que se asienta, ha sido glosada hasta en la literatura que describió aquel Torremolinos. La planta baja es un amplio espacio diáfano con predominio de mármol y en el que destaca el suelo y las escaleras que dan acceso a las plantas y a la parte baja del edificio.

El hotel lleva a su fachada el estilo moderno y funcional que luego desarrollaría a veces con nefastos resultados la arquitectura apresurada del turismo de masas. Pero en el Paz Espada la delicadeza de las líneas, el buen gusto cromático y el ‘liderazgo’ respecto a su entorno lo convierten en un edificio que ha sobrevivido con elegancia al cambio experimentado por Torremolinos en los casi sesenta años que han transcurrido desde su inauguración. Las reformas que ha vivido han mantenido intactas sus señas de identidad.